10 de Julio del 2015

Soñé que él probaba la ayahuasca, era un adicto. Me lo confirmaban diciéndome que tenía una pelada detrás de su cabeza. Yo sabía muy bien que era mentira, por lo que lo defendí a muerte.

Un parque. Todos corrían. Íbamos en un auto en un lado, vemos a un perro en un traje. Me bajo, no soporto dejarlo así, se notaba que sufría. Corrí hasta donde estaba y había desaparecido, hombres de trajes azules lo estaban buscando. Corrí hasta lo que me pareció un lugar seguro y desesperé, rogué a uno de los hombres de trajes de azules que me diera pastillas para calmar al perro cuando lo encontrase. Me dio tres tipos: una azul, una larga y muchas pequeñas. El perro estaba en un árbol, él lo estaba cuidando.

Algún tipo de catacumbas. Cuevas, mojadas, incómodas y peligrosas. Es viejo, muy viejo, cuelga de cuerdas. Estoy sentada junto a él, hacia bajo hay agua sucia de alcantarilla muy, muy, muy profunda. Miramos a la izquierda y hay dos grandes fotos colgada de nosotros. “¿Te acuerdas de esos momentos?” le pregunté “Yo las colgué ahí” me respondió. Iba hasta la entrada de la cueva. Él, muy viejo, no podía ni sabía muy bien como salir; tenía que balancearse en tres cuerdas distintas, con la muerte a sus pies. Me dijo que sostuviera su gusano y me pasó un cristal que contenía un gusano dentro de agua muy sucia. Le indicaba como saltar hasta la salida, lo hizo muy esforzadamente. En el último paso, tuvo que saltar hasta la puerta. Lo hizo y cuando sus rodillas doblaron ya no pudieron volver a su posición original, tuvimos que llevarlo en camilla.

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