27 de Junio del 2016

Miles de nubes grises. El cielo es café oscuro, escenario post-apocalíptico.
La gente ya terminó de llorar, aunque aún no comienzan a actuar. Están en ese punto entremedio donde uno se dedica a observar, callados. Unos pocos llevan carros de supermercados llenos de cartones, y trapos; por dentro también. Está fuera de las manos de cualquiera. Como se siente el otro no es problema personal, ni siquiera el sentimiento propio es propio.
Camino con un grupo de gente, éramos alrededor de tres personas, no recuerdo quiénes. Es un camino largo de tierra, rodeado de edificios destruidos. Caminamos dirección Sur, y cada tanto a nuestra izquierda aparece un pedazo de terreno tomado por algunos.
- Anda por ahí. Dice que está destruido.
- Está pagando los pecados que debería haber pagado en su otra vida.
- ... Quizás ya estamos allá.
Traté de que camináramos de manera que no nos topáramos con él, pero era difícil sin el previo conocimiento de su paradero. Así que seguimos el sendero de tierra.

Llevaba un coche, con un bebé dentro. Mi compañero a mi izquierda casi lo topa.
- Cuidado.
Cruzamos miradas. Está exactamente igual a antes del desastre: desastroso. Sólo que ahora lleva un coche.
- Ahora hay que hacerse cargo de los bebés - Dice uno de mis acompañantes.
Entra a un pasillo de los terrenos donde se estaba alojando la gente. Echa sus trapos y se acuesta con un montón de gente más. Se ve natural, como si se hubiese preparado para lo que ocurrió; el resto de la gente sigue traumatizada.
- Déjame saber cuando podemos salvar tu alma.

Un tsunami. Me encuentro dentro de un edificio, subimos una plataforma. Abrimos la puerta cuando el mar se acaba, el agua se libera y se evapora. Morimos de sed.

No hay comentarios:

Publicar un comentario